Incluso me ha costado sentarme a escribir este texto. No tengo absolutamente nada que decir. He decidido dejar de analizar mi vida, y simplemente vivirla. Y no porque no tenga cosas que analizar, sino porque estoy comprendiendo que cuanto más pensamos, más grande se hace aquello a lo que damos vueltas; y entonces lo que no es un problema, acaba por parecerlo.
Mi compañera de blogs y de estudios ha titulado su último escrito “Pensando”, y el mío dice justo lo contrario. No voy a pensar más. Voy a vivir lo poquito de aprovechable que pueda tener mi vida, y sobre todo evitando darle un carácter analítico o literario. A eso también contribuye el hecho de que tengo menos tiempo para pensar en otra cosa que no sean evoluciones del latín al español, teatros cortesanos, escritores del otro lado del charco…
Va a ser una pena por vosotros, porque no vais a saber cómo siguen mis historias. Se suponía que todo con el escocés iba mejorando, e incluso hablamos de quedar; mejor dicho, hablo él: “el fin de semana que viene, si puedes y quieres, y si yo puedo podriamos quedar”. Son palabras textuales; supongo que omitió “si yo quiero” porque se sobrenetendía que quería, pero no lo sé. Pero después ha estado un poco estúpido, aunque haya seguido hablándome, eso sí. Y del becario ni hablo, porque no tengo noticias de él; todo para apuntar a una posible huida de mi persona al percatarse de que no me entusiasmaba demasiado un amor de beca.
Ahora estoy más centrada en mi carrera profesional. No os asustéis, porque seguiré visitando esto de vez en cuando, y quizá dejando una ráfaga de mí, siempre desde un punto de vista objetivo, y sin analizar los compartamientos de nadie ni las circunstancias de nada. Será cuestión de tiempo. No os preocupéis, porque estoy muy bien e intento que mi vida esté a la perfección. Volveré. Gracias a todos.
miércoles, mayo 21, 2008
Sin pensar
jueves, mayo 15, 2008
Cosas de una misma
Estoy esperando al becario en la biblioteca. Se retrasa, pero voy a perdonárselo porque es becario y está puteado, y porque me ha llamado esta mañana después de decirle que no me encontraba muy bien.
No le gusta que le llamen becario, porque él es "investigador universitario", y yo sólo pido que en sus clases (si las da) no sea tan estúpido como las becarias de mi facultad. Pero así estoy, esperándole. Y no me apetece estudiar. La verdad es que tengo un dolor extraño en el vientre desde hace dos días, pero yo lo he ocultado. Oculto los dolores más cuanto mayor es el problema que creo tener. Por eso creo que este no lo ocultaré ya mucho más.
Pero yo no quería anular la cita, así que le he dicho la verdad. No me encuentro demasiado bien, pero sigo queriendo verle, quizá también porque ahora, pastilla mediante, estoy algo mejor. El caso es que me ha llamado, para oír mi voz o para romper el hielo, no lo sé; o quizá las dos cosas. Y no parece tan tonto como creí que iba a ser, o al menos no por la voz. Pero queda el aspecto físico, claro, q para mí eso es importante. Aunque supongo que no vendrá en chándal si viene de la Universidad. Por favor, que no venga en chándal.
Está puesto el aire acondicionado, y tengo frío, así que me vendrá bien salir a la calle. No sé dónde iremos, ni qué haremos. Apenas voy maquillada, y siento que debo ser natural ante todo, y es la primera vez que me siento así en mucho tiempo. Además, tampoco tengo ganas de arreglarme ni de parecer guapa. Creo que quiero que me mimen, y quiero pasarlo bien. Por cierto, el escocés me sigue hablando vía internet.
Ya ves, esas cosas de la vida de una...
martes, mayo 13, 2008
Tres es multitud
Realmente él lo dijo como broma, para ver lo que yo decía, claro. Y de ahí llegamos a la verdad, y yo dije la mía: creo que sí haría un trío, dependiendo de las circunstancias y de la otra chica. Porque del tema yo y dos tíos más ni hablamos; al menos, no con el escocés. El caso es que con la broma nos llevamos hablando toda la noche, hasta casi la madrugada. Después pasamos al tema cine, y ahí descubrí que es un gran cinéfilo.
Este tipo de conversaciones no me gustan demasiado, porque suelo descubrir aspectos de él que me gustan, o me imagino cosas que me gustarían, y entonces lo paso mal. Además, el tema del trío me dio llorera, porque al fin y al cabo, sería un trío con un tío que me gusta, y que sólo me quiere para eso; pero intentaría disfrutarlo, como sólo debe hacerse con él.
Además, mi ex seductor me dijo que estaba seguro que no me iría del mundo sin tener una relación lésbica, o al menos un trío con otra chica. Y yo, la verdad, pues me atrevo. Claro, que la chica debería de gustarme, o al menos que yo considerara que está buena. En fin, que pongo mis requisitos.
Ahora no sé si es de verdad o de mentira lo del trío, pero yo me veo tan loca últimamente, que me da por pensar que cuando me llame para proponerlo (quizá nunca, es que pienso demasiado) yo le diré que sí. Y otra experiencia más al cuerpo, que eso es lo que vamos a llevarnos, los buenos momentos. Además, con él no me importaría el trío, porque sé cómo es y cómo actúa en el sexo, y creo que eso es importante.
De todas formas, como las relaciones amorosas casi siempre se basan en tríos (eso también me lo ha enseñado la literatura) y como él no me quiere para nada más, he empezado a mirar más allá (y le estoy metiendo más complicaciones a mi vida). El jueves tengo una cita de la que no pienso contar nada aquí, al menos por ahora; no diré siquiera que estoy ilusionada, porque no es así, pero sí es verdad que es algo con lo que no me importaría ilusionarme. No sé si es mejor o peor, porque no quiero comparar, pero al menos por ahora él sí se está comportando como Dios manda. Y por favor, que mande algo bueno.
domingo, mayo 11, 2008
Fin de semana hogareño
Así que ya todo en el finde fue rodado, a pesar del nudo el estómago del sábado. Pero como dormí con la secreta esperanza de que quizá el futuro sea más favorable, eso hizo que al final el sábado no lo pasase llorando, sino simplemente con las ganas.
En vez de llorar estudié, y me ha resultado mucho más productivo. No he adelantado demasiado, pero al menos he recuperado los días que falté por mis delirios de fiebre. Aún queda mucho trabajo por hacer y mucho por sufrir antes de que todo acabe.
También me he pasado el finde hablando por Internet con conocidos, desconocidos y con Be, con la que estuve cotilleando y organizando la posible visita a su pueblo del finde próximo. Si todo sale bien y consigo esquivar las huelgas, el próximo finde no lo pasaré ni en casa, ni sola, ni en mi ciudad; tengo muchísimas ganas, la verdad, así que voy a poner todo de mi parte para que salga bien.
Quizá lo más sorprendente del sábado fue que aunque no hubo mensaje del escocés para quedar, por la noche ya muy tarde me abrió una conversación en Internet, y charlando poco y secamente (yo no quería ser simpática con él, en absoluto), descubrimos los dos que nos habíamos quedado en casa sin salir. Pero no hubo nada más, simplemente la buena noticia o la noticia favorable es que después de muchas semanas, es que se dignó a entrar en conversación conmigo. El domingo desde luego no fue el día que yo esperaba, pero no fue ni bueno ni malo. Más apuntes, más aburrimiento, una pizza para comer, tarde de televisión y ordenador… No había ganas para nada más. Pero al final del finde he llegado a estar bien y contenta, y ahora mismo no tengo ganas de llorar, porque no tengo motivos. Ando algo agobiada con las clases, pero eso en realidad es lo normal en mí. Hoy estoy perfectamente, aunque quizá me dure poco, o aunque no sea la perfección que quiero tener. Ahora sé que tengo que seguir besando a las ranas del estanque por si alguna es el príncipe.
miércoles, mayo 07, 2008
Una posible despedida
Antes de que se tuviera conocimiento de aquel instante en el que nuestras caras se juntaron como si fuera un beso, antes de eso, tuvo lugar el beso. Ya no puedo recordar si había gente en el lugar o desapareció para nosotros. Creo que no habíamos bebido, y creo que no estábamos enamorados. Simplemente nos besamos con la pasión que lo harían dos personas que saben que no van a volver a verse, y que esperan sellar de esa forma todos los momentos que han vivido juntos y que han significado tanto en sus vidas. Lo intento recordar cálido, como otros, mucho menos comprometido de lo que resultaría en realidad; era un beso cercano y sincero, que intentaba transmitir todo el cariño que no nos habíamos expresado hasta entonces.
Nos separamos sin reír, quizá con la sonrisa triste de la despedida; y nos volvimos a unir en el abrazo que señalaba que lo habíamos hecho. Nos habíamos besado: él y yo.
Ese día no pasó nada, y yo, por más que intento, no consigo recordar si alguien lo vio. Sólo tengo la certeza de que meses después, cuando ya todo se acaba después de tantos años, cuando ahora cada uno era uno y todos no éramos más que parte de algo que alguna vez habíamos sido juntos; entonces fue cuando nos buscamos por última vez, para encontrarnos, para atraernos, para unirnos y vivir juntos ese último momento, la eclosión, el final, el orgasmo de todos los años y los sufrimientos por ser uno entre los todos. Él y yo, que hasta entonces no habíamos vuelto a hablar del beso (quizá porque sabíamos que el beso marcaba el fin), tuvimos que enfrentarnos con la realidad de la foto, en la que parecía que nos besábamos. En la foto aquella que me sentí una estrella de Hollywood expuesta ante la prensa rosa. Entonces todos ya lo sabían, y había sorprendido la naturalidad con la que habíamos llevado una supuesta relación que jamás existió, que no existe y que no va a existir.
Cuando todo el mundo ya lo supo y lo supieron incluso nuestras familias, en ese momento transcurrieron diez años. Yo no era la de entonces, sino más poderosa y aún más altiva. Y él era mucho menos engreído y más servil. Quizá vivía él en otra ciudad, porque estaba yo alojada en su casa, que él compartía con su esposa, una mujer castaña, elegante y bella a la que envidié más por su camisón de raso que por haber logrado al uno entre los todos.
Era una mujer que se levantaba temprano y dejaba abierta la puerta de su habitación. Y yo era una mujer que aún no era amada, y que despertaba en mitad de la noche añorando llevar los camisones de otras y rasgándome el mío propio para alcanzar mi pubis y satisfacer mi premura. Fue una mañana temprano cuando salté de la cama con el coño caliente y la boca abierta, y supe que mientras ella llevaba el anillo, lo amaba alguna noche y preparaba el desayuno, era yo la que iba a llevarle al cielo.
Todavía me acuerdo cómo descansaba de lado, con las piernas enroscadas en una sábana roja, y la cabeza apoyada en la almohada. Parecía dormir, pero su pene se despertaba poco a poco, porque estaba esperándome. Llevaba desde la despedida esperándome. Me acerqué a él y lo tomé. Era delgado y duro, anaranjado como su piel, terso y mucho más perfecto de lo que alguna vez lo he imaginado o lo imaginé. Lo engullí, justo en el momento en el que él se despertaba y me veía, y yo le miraba y le sonreía con la misma tristeza con la que un día supe que alguna vez nos íbamos a separar para siempre. No le dio tiempo a disfrutar, porque hay mujeres que duermen en camisones de seda, pero no tienen el cielo entre sus labios, y él había llegado al punto que quizá debimos haber llegado, o aún estamos a tiempo.
Fue también la explosión de semen la que manchó mi cuerpo desnudo y se lanzó más allá sobre la seda turca del desposado camisón. Yo le miré a él, y recuerdo que me sonrió porque llevaba diez años esperando ese orgasmo. Ella se asustó y quiso gritar, pero yo se lo impedí, porque en ese momento el coño había dejado de estar hinchado, y ya no necesitaba mi orgasmo para saber que el orgasmo que quise tener era simplemente el de él. Salí desnuda, con la clave del adiós definitivo recorriéndome el cuerpo por fuera. Y por dentro, con la esperanza de que las despedidas no son más que formas que conseguir decir lo que no te atreves.
En la calle no habían transcurrido ni diez minutos. Cogí mi libro y me puse a leer mientras estaba delante de un helado. Lo vi aparecer de lejos, y lo saludé. Él no sabe o no supo, que había imaginado la forma exacta en la que nos diríamos adiós para siempre. Le sonreí mientras cogía el libro que tenía entre las manos. Lo último que recuerdo antes de abrazarlo es que me dijo algo sobre lo poco que nos quedaba… Y yo pensé, ¿para qué?
martes, mayo 06, 2008
La delirante juventud
Luego pude recuperarme y encender el ordenador, porque necesitaba estar en contacto con la humanidad de alguna forma. Hubo parte de la humanidad que siguió pasando de mí a pesar de que se supone que el fin de semana habíamos hablado. Pero hubo parte de la humanidad que me prestó atención, a pesar de que yo no me diera ni cuenta.
Y así ha sido, poco a poco, como la desnudez del alma se ha impuesto a la del cuerpo, y una trata de mantenerse tapada siempre que puede mientras otros la observan disimuladamente desde las bambalinas. Entonces no se entiende muy bien por qué a veces se sale a escena repentinamente y se monta una obra de teatro en apenas mediodía. Pero como yo estoy en delirios, sólo me limito a vivir y a sudar. He dejado de imaginar y de desear, aunque haya detalles que me provoquen una sonrisa y otros que me provoquen una lágrima.
También me jodía tener fiebre porque nadie iba a darme mimitos, y una fiebre sin mimitos no es nada. Por eso hoy me he sentido tremendamente bien mientras sudaba, con el silencio del cariño inexistente al otro lado. No hay nada mejor que imaginarse que a una la quieren.
Ya no sé cuando deliro y cuando no, estoy confundida. Aunque en esta semana se sucedan las clases perdidas, los libros leídos, las conversaciones estratégicas y las vidas desnudas: todo lo delirante, yo me siento en plena ubicación conmigo misma. Estoy instalada en la luminosa tristeza de mis sonrisas tímidas y en mi indefensa manera de defenderme de los demás como gata panzarriba. Me pregunto si yo soy lo que escribo, o esto es sólo una parte de mí. ¿Quién se atreve a conocerme mejor? Creo que deliro; definitivamente, hay días que deberían repetirse para siempre: lágrima, sonrisa, frío, calor, delirio, grandeza… Si acaso sólo soy una parte de mí, ¿quién quiere mostrarme la otra mitad? Tengo toda la vida por delante para seguir descubriendo sus misterios…
viernes, mayo 02, 2008
Un fotograma de Nueva York
Sólo hace falta estar más de tres semanas sin ver “Sexo en Nueva York” para descubrir que todo lo que se mueve a tu alrededor también lo es.
Empecé a descubrirlo el lunes, y lo confirmé el martes, porque vi a un paseador de perros profesional andando por la calle con unos nueve perros de distinta raza. Todo el mundo me dice que a lo mejor era un friki con muchos perros, pero no, yo estoy segura que era un paseador profesional.
A partir de ahí todo fue una sucesión de momentos o fotogramas más o menos cercanos a la vida neoyorkina. Las relaciones son igual de extrañas que en Nueva York, y la gente parece estar igual de loca. Ahora se disfruta de los amigos, de los helados gratis en la ciudad, se toma el sol en el césped y se echan unas risas hablando de sexo en cualquier parte. Estoy segura de que la gloria de vivir en Nueva York debe estar mucho más cercano a eso que los rascacielos.
No hay que mirar series durante horas para darse cuenta de que todos llevamos un montón de fotogramas tatuados en nuestra vida. Cada minuto que vivimos tiene algo que debería ser grabado y reproducido a modo de video. Y no me refiero sólo a las relaciones, pero esas son también mucho más cercanas a la ficción de lo que parecen. Chicos que te follan y quieren volver a follarte pero sin saludarte siquiera; chicos que intentan ligar contigo mientras te dicen que tu amiga es muy guapa; chicos que están en clara armonía consigo mismo y no se inmutan; chicos que al final tienen lo que quieren; chicos que no van a tener nunca lo que querían…
Así son las relaciones, porque en el otro extremo están las chicas que sufren todas esas consecuencias de las extrañas relaciones. Y todos tenemos que convivir en un mundo tan complejo que preferiríamos que fuera de ficción, y verlo desde fuera para no tener que sufrir por dentro.
De esa forma también me estoy fijando en los demás y estoy dejando de mirarme solamente a mí. Porque yo hay cosas que no las imagino ni las recuerdo en fotogramas, sino como un atisbo de sueño en el que no sé cómo me he metido y no sé cómo salir.
También, como buenas pseudos-neoyorquinos, tenemos nuestra discoteca de moda, donde va todo el mundo: gente muy normal, ni pijos ni canis (casi canis sí), que se comporta adecuadamente y sabe disfrutar de la buena música y con las buenas vistas. Allí quien no liga es porque no quiere. Yo sólo recuerdo que salí del baño, que quise andar sin rumbo (quizá a una búsqueda inesperada y no deseada), y que de pronto estaba sentada en un sofá, con un casi cani sonriéndome y presentándose, y mi amigo metiendo baza para que habláramos. Ya lo siguiente que recuerdo es “venta pa mi kelly” y una lengua en mi boca. Después de años que no hacía yo una cosa así, de pronto estaba volviendo a hacerla. Y me sentí muy bien, pero pensé tontamente que quizá ocurriese igual que hace más de tres años, cuando ocurrió y podía haber ocurrido una bonita y graciosa historia.
Pero ya somos diferentes. Ya no nos damos los números de teléfono y proponemos un cine al día siguiente. Ahora directamente se pide un polvo en el momento o prolongado. Y yo ya no quiero eso, o al menos no de esa forma tan brusca, porque no estoy desesperada. Las cosas llegarán, como llegan al final para todo. Y si no llegan es porque no debían de llegar, y hay que aceptarlas, aunque haya días que una se despierte llorando por las mañanas o no pueda dormir, como también ocurre en los fotogramas de las series de ficción.
Además, cada uno vive su propia historia de ficción. La discoteca de moda es el lugar idóneo para perderse por separado y reencontrarse como mejor se pueda. Y así cada uno acaba la noche en el lugar que le corresponde, aunque para algunos toque mudar el sueño de ubicación. Al final hubo polvo, por lo menos alguien lo echa, y otros tuvimos que dormir solos, como mejor pudimos. Yo dormí poco: me dediqué a velar un sueño y a leer fragmentos de “El amor en los tiempos del cólera”, que hicieron que me entrara llorera.
Hubiera necesitado un abrazo, pero no lo di ni lo pedí. Me quedo con las risas por la mañana en la cama, con todo lo bien que me lo pasé por la noche. Me quedo también con las palabras que se lleva el viento y los rollos que se van casi sin existir. Si no follé o no he follado, ha sido porque no he querido. Porque creo que aspiro a algo más, que quizá el karma me de en algún momento. De todas formas, sigo haciéndome a la idea de que ya no hay más abrazos para mí ni más hombres que lleguen a amarme. Así soy yo, tengo mi punto de puritana. Debe ser que me amaron demasiado, y ahora soy incapaz de adaptarme a mi amor propio. Además, el amor sólo es un invento de García Márquez para vender novelas, lo tengo más que comprobado; nadie ama tanto ni puede amar tanto; todo es mentira. La soltería no es un estado, es un modo de vida con filosofía incluida, es los que hay días buenos y días malos. Yo digo que sigo viviendo en mi propia serie de ficción, y veo mi fotograma bastante borroso.
- Aunque nadie me lo dijo claramente, aunque sí lo hizo el seudo cani por su forma de magrearme, sé que estaba muy buena esa noche; así q pongo la foto de mis piernas en grande, para que disfrutéis mejor.



